Discurso de despedida de Eisenhower a la nación estadounidense Farewell Eisenhower
El discurso de despedida completo de Eisenhower
14 de marzo de 2005
Fuente: http://wikisource.org/wiki/Military-Industrial_Complex_Speech
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Discurso pronunciado por el Presidente Dwight D. Eisenhower,
el 17 de enero de 1961 a las 8:30 p.m.
traducido por Michel Gaillard
Queridos conciudadanos estadounidenses,
Dentro de tres días, después de medio siglo al servicio de nuestro país, dejaré mis responsabilidades con la ceremonia tradicional y solemne que investirá a mi sucesor en la presidencia.
Esta noche vengo a ustedes con un mensaje de despedida y adiós, y quisiera compartir, queridos compatriotas, algunos pensamientos finales con ustedes. Como cualquier otro ciudadano, deseo lo mejor al nuevo presidente, así como a todos aquellos que trabajarán con él. Rezo para que los próximos años sean de paz y prosperidad para todos. Nuestro pueblo desea que el presidente y el Congreso lleguen a acuerdos esenciales sobre cuestiones importantes, acuerdos que mejorarán el futuro de la nación.
Mis propias relaciones con el Congreso comenzaron a distancia, de manera sostenida, hace mucho tiempo, cuando un miembro del Senado me nombró para West Point; se volvieron aún más íntimamente ligadas durante la guerra y la posguerra. En sus últimos informes, el Congreso y la administración han cooperado bastante bien en la mayoría de las cuestiones esenciales para servir al bien común, en lugar de al mero espíritu de partido. Se han asegurado de que los asuntos de la nación puedan avanzar. Por lo tanto, mis relaciones oficiales con el Congreso terminan con un sentimiento de gratitud por mi parte, el sentimiento de que hemos podido hacer mucho juntos.
II - Hoy vivimos diez años después del punto medio de un siglo que fue testigo de cuatro guerras mayores entre grandes naciones. Tres de estas últimas involucraron a nuestro propio país. A pesar de estos holocaustos, América es hoy más fuerte, es la nación más influyente y productiva del mundo. Orgullosos, con toda razón, de esta preeminencia, nos damos cuenta, sin embargo, de que la conducta y el prestigio de los EE. UU. no dependen simplemente de nuestro progreso material sin precedentes, de nuestra riqueza y de nuestra fuerza militar, sino también de la forma en que empleamos nuestro poder en interés de la paz mundial y de una mayor valorización del ser humano.
III - A través de la aventura de una América gobernada libremente, nuestros objetivos primordiales han sido preservar la paz, estimular el progreso humano y aumentar la libertad, la dignidad y la integridad de las personas y de las naciones. Aspirar a menos sería indigno de un pueblo libre y religioso. Cualquier fracaso debido a la arrogancia, a nuestra falta de comprensión o de prontitud para el sacrificio nos infligiría, por otra parte, graves daños morales aquí y en el extranjero. El progreso hacia estos nobles objetivos está constantemente amenazado por el conflicto que existe actualmente en el mundo. Exige toda nuestra atención y debe absorber nuestros propios seres. Nos enfrentamos aquí a una ideología global hostil, atea en su carácter, despiadada en sus objetivos e insidiosa en sus métodos. Lamentablemente, el peligro que plantea promete durar mucho tiempo. Para hacerle frente con éxito, se nos pide el sacrificio sin quejas de las cargas de una lucha prolongada y compleja, que nos permitirá avanzar con firmeza y seguridad, en lugar de sacrificios emocionales y transitorios. La libertad está en juego. Solo así, a pesar de las provocaciones, permaneceremos en el camino hacia una paz permanente y una mejora de los hombres.
Las crisis continuarán. Al enfrentarlas, ya sean domésticas o extranjeras, grandes o pequeñas, habrá una tentación repetida de pensar que tal o cual acción espectacular y costosa podría convertirse en la solución milagrosa: un aumento enorme de nuevos elementos para nuestra defensa; el desarrollo de programas poco realistas para tratar tal o cual defecto en la agricultura; una expansión dramática de la investigación básica y aplicada, etc... Cada promesa en sí misma podría ser sugerida como el único camino hacia la vía que deseamos.
Sin embargo, cada propuesta debe ser sopesada a la luz de una consideración más amplia: la necesidad de mantener el equilibrio entre la economía pública y la economía privada en los programas nacionales, la importancia de mantener el equilibrio entre lo claramente necesario y lo cómodamente deseable; hay que mantener el equilibrio entre nuestras exigencias esenciales como nación y los deberes impuestos por la nación al individuo, equilibrar la acción del momento y el bienestar nacional del futuro. El buen juicio siempre busca el equilibrio y el progreso; su falta traerá desequilibrio y aniquilación.
El recuerdo de muchas décadas prueba aquí que nuestro pueblo y su gobierno han comprendido principalmente estas verdades y han respondido en consecuencia, frente al esfuerzo y a la amenaza. Pero las amenazas, nuevas por su naturaleza o por su grado, surgen constantemente. Solo menciono dos aquí.
IV - Un elemento esencial para mantener la paz es nuestro sistema militar. Debemos ser poderosos, estar listos para una acción inmediata, de modo que ningún agresor potencial pueda verse tentado a arriesgar su propia destrucción.
Nuestra organización militar tiene hoy poca relación con lo que conocieron mis predecesores en tiempos de paz, o incluso durante los combates de la Segunda Guerra Mundial o de Corea. Hasta el último conflicto mundial, los Estados Unidos no tenían lo que se podría considerar una industria armamentística. Antes, los fabricantes estadounidenses de arados podían, con tiempo, por supuesto, fabricar espadas. Ahora que ya no podemos arriesgarnos a la posibilidad de improvisación para nuestra defensa nacional, nos hemos visto obligados a crear una industria armamentística permanente de vastas proporciones. Tres millones y medio de hombres y mujeres están directamente comprometidos en el establecimiento de la defensa. Gastamos anualmente en seguridad militar más que el ingreso neto de todas las empresas estadounidenses.
Esta conjunción de un inmenso establecimiento militar y una gran industria es nueva en la experiencia estadounidense. Su influencia total, económica, política, incluso espiritual, se siente en cada ciudad, en cada casa oficial, en cada oficina del gobierno federal. Reconocemos la necesidad imperativa de este desarrollo, pero no debemos dejar de comprender sus graves implicaciones. Nuestro duro trabajo, nuestros recursos, nuestras vidas... todo está involucrado; lo mismo ocurre con la estructura de nuestra sociedad.
En los consejos del gobierno, debemos, por lo tanto, guardarnos de toda influencia injustificada, buscada o no, del complejo militar-industrial. El riesgo potencial de un aumento desastroso de un poder mal colocado existe y persistirá.
Nunca debemos dejar que el peso de esta combinación ponga en peligro nuestras libertades y procesos democráticos. Nunca debemos dar nada por sentado y solo unos habitantes bien informados podrán evitar la coacción del posible engranaje de una enorme máquina industrial militar para adaptarla con métodos y objetivos pacíficos, de modo que la seguridad y la libertad puedan prosperar juntas.
Del mismo modo, la revolución tecnológica de las últimas décadas fue en gran parte responsable de los cambios radicales en nuestra postura militar-industrial. En esta revolución, la investigación se ha vuelto central; también es más formalizada, más compleja y costosa. Una parte cada vez mayor se realiza para, por o bajo la dirección del gobierno federal. Hoy, el inventor solitario, trasteando en su taller, ha sido superado por grupos de científicos en laboratorios o campos de prueba. Del mismo modo, la universidad libre, históricamente fuente de ideas y de descubrimiento científico, ha vivido una revolución en la conducción de la investigación. En gran parte debido a los enormes costos implicados. Un contrato gubernamental se convierte literalmente en un sustituto de la curiosidad intelectual. Por cada viejo pizarrón hay ahora cientos de computadoras. La perspectiva de una dominación de las escuelas nacionales por los empleos federales, las asignaciones de proyectos y el poder del dinero está presente y debe considerarse con gravedad. Sin embargo, teniendo en cuenta la investigación y los descubrimientos científicos, también debemos estar alerta ante el peligro opuesto potencial, es decir, que el orden público pueda convertirse en cautivo de una élite científica y tecnológica. En la función de hombre de estado hay que moldear, equilibrar... arreglárselas para integrar todo esto, así como otras fuerzas, viejas y nuevas, con los principios de nuestro sistema democrático manteniendo en mente los objetivos supremos de nuestra sociedad libre.
V - Otro factor de mantenimiento del equilibrio implica el elemento del tiempo. Mientras contemplamos la sociedad futura, ustedes, nosotros, yo... el gobierno... debemos evitar este impulso de vivir solo al día a día, saqueando para nuestras propias conveniencias los recursos preciosos de mañana. No podemos hipotecar los bienes materiales útiles a nuestros nietos sin arriesgarnos a perder también nuestro legado político y espiritual. Queremos que la democracia sobreviva para las generaciones venideras, no para convertirse en el fantasma insoluble de mañana.
VI - Al final de esta larga avenida de la historia que aún está por escribir, América sabe que nuestro mundo, cada vez más pequeño, debe evitar convertirse en una temible comunidad de miedo y odio; debe ser, en cambio, una confederación orgullosa de confianza y respeto mutuos. Tal confederación debe ser de iguales. El más débil debe poder venir a la mesa de conferencias con la misma confianza que nosotros, protegidos como estamos por nuestra fuerza moral, económica y militar. Esta mesa, marcada por muchas frustraciones pasadas, no puede ser abandonada por la agonía cierta del campo de batalla.
El desarme, con honor y confianza mutuos, es imperativo. Juntos debemos aprender cómo componernos con nuestras diferencias, no con nuestros medios, sino con el intelecto y objetivos decentes.
Dado que esta necesidad es tan aguda y evidente, confieso que abandono mis responsabilidades oficiales con cierto sentido de decepción en este ámbito. Como testigo del horror y la tristeza prolongada de la guerra, sabiendo que otra guerra podría destruir totalmente una civilización que ha sido establecida lenta y penosamente durante miles de años, habría querido poder decir esta noche que una paz duradera está a la vista.
Afortunadamente, aún puedo decir que la guerra ha sido evitada. En cuanto a una paz verdadera, parece lograrse un progreso regular hacia este objetivo. Pero queda tanto por hacer. Como ciudadano privado, nunca dejaré de hacer todo lo posible, por mínimo que sea, para ayudar al mundo a avanzar por esta ruta.
VII - Así, en esta última "buenas noches" a ustedes en calidad de Presidente, les agradezco por las numerosas ocasiones que me han dado para el servicio público, tanto en la guerra como en la paz. Espero que hayan encontrado algo digno en este servicio; en cuanto al resto, sé que encontrarán ustedes mismos los medios para mejorar el futuro.
Ustedes y yo, queridos conciudadanos, necesitamos ser fuertes en nuestra fe para que todas las naciones, sometidas a Dios, puedan alcanzar este objetivo de paz y justicia. Que seamos siempre más firmes en la devoción a estos principios, confiados pero humildes con el poder, diligentes en la búsqueda de los grandes objetivos de la nación.
A todos los pueblos del mundo, les doy una vez más la expresión de una América piadosa y de inspiración renovada.
Rezamos para que los pueblos de todas las fe, de todas las razas, que todas las naciones, puedan satisfacer sus grandes necesidades humanas. Para que aquellos que actualmente no tienen esta oportunidad puedan apreciarla algún día plenamente; que todos aquellos que aspiran a la libertad puedan experimentar sus bendiciones espirituales; que aquellos que tienen la libertad comprendan sus pesadas responsabilidades; que todos aquellos que son poco sensibles a las necesidades de los demás aprendan la caridad; que los flagelos de la pobreza, la enfermedad y la ignorancia desaparezcan de la tierra, y que, con el tiempo, todos los pueblos lleguen a vivir juntos en una paz garantizada por la fuerza obligatoria del respeto y el amor mutuos.
Fuente: Documentos públicos de los presidentes, Dwight D. Eisenhower, 1960, p. 1035-1040
Trad.: Michel Gaillard
Discurso pronunciado por el Presidente Dwight D. Eisenhower,
el 17 de enero de 1961 a las 8:30 p.m.
(
traducido por Michel Gaillard
)
Queridos conciudadanos estadounidenses,
Dentro de tres días, después de medio siglo al servicio de nuestro país, dejaré mis responsabilidades con la ceremonia tradicional y solemne que investirá a mi sucesor en la presidencia.
Esta noche vengo a ustedes con un mensaje de despedida y adiós, y quisiera compartir, queridos compatriotas, algunos pensamientos finales con ustedes. Como cualquier otro ciudadano, deseo lo mejor al nuevo presidente, así como a todos aquellos que trabajarán con él. Rezo para que los próximos años sean de paz y prosperidad para todos. Nuestro pueblo desea que el presidente y el Congreso lleguen a acuerdos esenciales sobre cuestiones importantes, acuerdos que mejorarán el futuro de la nación.
Mis propias relaciones con el Congreso comenzaron a distancia, de manera sostenida, hace mucho tiempo, cuando un miembro del Senado me nombró para West Point; se volvieron aún más íntimamente ligadas durante la guerra y la posguerra. En sus últimos informes, el Congreso y la administración han cooperado bastante bien en la mayoría de las cuestiones esenciales para servir al bien común, en lugar de al mero espíritu de partido. Se han asegurado de que los asuntos de la nación puedan avanzar. Por lo tanto, mis relaciones oficiales con el Congreso terminan con un sentimiento de gratitud por mi parte, el sentimiento de que hemos podido hacer mucho juntos.
II - Hoy vivimos diez años después del punto medio de un siglo que fue testigo de cuatro guerras mayores entre grandes naciones. Tres de estas últimas involucraron a nuestro propio país. A pesar de estos holocaustos, América es hoy más fuerte, es la nación más influyente y productiva del mundo. Orgullosos, con toda razón, de esta preeminencia, nos damos cuenta, sin embargo, de que la conducta y el prestigio de los EE. UU. no dependen simplemente de nuestro progreso material sin precedentes, de nuestra riqueza y de nuestra fuerza militar, sino también de la forma en que empleamos nuestro poder en interés de la paz mundial y de una mayor valorización del ser humano.
III - A través de la aventura de una América gobernada libremente, nuestros objetivos primordiales han sido preservar la paz, estimular el progreso humano y aumentar la libertad, la dignidad y la integridad de las personas y de las naciones. Aspirar a menos sería indigno de un pueblo libre y religioso. Cualquier fracaso debido a la arrogancia, a nuestra falta de comprensión o de prontitud para el sacrificio nos infligiría, por otra parte, graves daños morales aquí y en el extranjero. El progreso hacia estos nobles objetivos está constantemente amenazado por el conflicto que existe actualmente en el mundo. Exige toda nuestra atención y debe absorber nuestros propios seres. Nos enfrentamos aquí a una ideología global hostil, atea en su carácter, despiadada en sus objetivos e insidiosa en sus métodos. Lamentablemente, el peligro que plantea promete durar mucho tiempo. Para hacerle frente con éxito, se nos pide el sacrificio sin quejas de las cargas de una lucha prolongada y compleja, que nos permitirá avanzar con firmeza y seguridad, en lugar de sacrificios emocionales y transitorios. La libertad está en juego. Solo así, a pesar de las provocaciones, permaneceremos en el camino hacia una paz permanente y una mejora de los hombres.
Las crisis continuarán. Al enfrentarlas, ya sean domésticas o extranjeras, grandes o pequeñas, habrá una tentación repetida de pensar que tal o cual acción espectacular y costosa podría convertirse en la solución milagrosa: un aumento enorme de nuevos elementos para nuestra defensa; el desarrollo de programas poco realistas para tratar tal o cual defecto en la agricultura; una expansión dramática de la investigación básica y aplicada, etc... Cada promesa en sí misma podría ser sugerida como el único camino hacia la vía que deseamos.
Sin embargo, cada propuesta debe ser sopesada a la luz de una consideración más amplia: la necesidad de mantener el equilibrio entre la economía pública y la economía privada en los programas nacionales, la importancia de mantener el equilibrio entre lo claramente necesario y lo cómodamente deseable; hay que mantener el equilibrio entre nuestras exigencias esenciales como nación y los deberes impuestos por la nación al individuo, equilibrar la acción del momento y el bienestar nacional del futuro. El buen juicio siempre busca el equilibrio y el progreso; su falta traerá desequilibrio y aniquilación.
El recuerdo de muchas décadas prueba aquí que nuestro pueblo y su gobierno han comprendido principalmente estas verdades y han respondido en consecuencia, frente al esfuerzo y a la amenaza. Pero las amenazas, nuevas por su naturaleza o por su grado, surgen constantemente. Solo menciono dos aquí.
IV - Un elemento esencial para mantener la paz es nuestro sistema militar. Debemos ser poderosos, estar listos para una acción inmediata, de modo que ningún agresor potencial pueda verse tentado a arriesgar su propia destrucción.
Nuestra organización militar tiene hoy poca relación con lo que conocieron mis predecesores en tiempos de paz, o incluso durante los combates de la Segunda Guerra Mundial o de Corea. Hasta el último conflicto mundial, los Estados Unidos no tenían lo que se podría considerar una industria armamentística. Antes, los fabricantes estadounidenses de arados podían, con tiempo, por supuesto, fabricar espadas. Ahora que ya no podemos arriesgarnos a la posibilidad de improvisación para nuestra defensa nacional, nos hemos visto obligados a crear una industria armamentística permanente de vastas proporciones. Tres millones y medio de hombres y mujeres están directamente comprometidos en el establecimiento de la defensa. Gastamos anualmente en seguridad militar más que el ingreso neto de todas las empresas estadounidenses.
Esta conjunción de un inmenso establecimiento militar y una gran industria es nueva en la experiencia estadounidense. Su influencia total, económica, política, incluso espiritual, se siente en cada ciudad, en cada casa oficial, en cada oficina del gobierno federal. Reconocemos la necesidad imperativa de este desarrollo, pero no debemos dejar de comprender sus graves implicaciones. Nuestro duro trabajo, nuestros recursos, nuestras vidas... todo está involucrado; lo mismo ocurre con la estructura de nuestra sociedad.
En los consejos del gobierno, debemos, por lo tanto, guardarnos de toda influencia injustificada, buscada o no, del complejo militar-industrial. El riesgo potencial de un aumento desastroso de un poder mal colocado existe y persistirá.
Nunca debemos dejar que el peso de esta combinación ponga en peligro nuestras libertades y procesos democráticos. Nunca debemos dar nada por sentado y solo unos habitantes bien informados podrán evitar la coacción del posible engranaje de una enorme máquina industrial militar para adaptarla con métodos y objetivos pacíficos, de modo que la seguridad y la libertad puedan prosperar juntas.
Del mismo modo, la revolución tecnológica de las últimas décadas fue en gran parte responsable de los cambios radicales en nuestra postura militar-industrial. En esta revolución, la investigación se ha vuelto central; también es más formalizada, más compleja y costosa. Una parte cada vez mayor se realiza para, por o bajo la dirección del gobierno federal. Hoy, el inventor solitario, trasteando en su taller, ha sido superado por grupos de científicos en laboratorios o campos de prueba. Del mismo modo, la universidad libre, históricamente fuente de ideas y de descubrimiento científico, ha vivido una revolución en la conducción de la investigación. En gran parte debido a los enormes costos implicados. Un contrato gubernamental se convierte literalmente en un sustituto de la curiosidad intelectual. Por cada viejo pizarrón hay ahora cientos de computadoras. La perspectiva de una dominación de las escuelas nacionales por los empleos federales, las asignaciones de proyectos y el poder del dinero está presente y debe considerarse con gravedad. Sin embargo, teniendo en cuenta la investigación y los descubrimientos científicos, también debemos estar alerta ante el peligro opuesto potencial, es decir, que el orden público pueda convertirse en cautivo de una élite científica y tecnológica. En la función de hombre de estado hay que moldear, equilibrar... arreglárselas para integrar todo esto, así como otras fuerzas, viejas y nuevas, con los principios de nuestro sistema democrático manteniendo en mente los objetivos supremos de nuestra sociedad libre.
V - Otro factor de mantenimiento del equilibrio implica el elemento del tiempo. Mientras contemplamos la sociedad futura, ustedes, nosotros, yo... el gobierno... debemos evitar este impulso de vivir solo al día a día, saqueando para nuestras propias conveniencias los recursos preciosos de mañana. No podemos hipotecar los bienes materiales útiles a nuestros nietos sin arriesgarnos a perder también nuestro legado político y espiritual. Queremos que la democracia sobreviva para las generaciones venideras, no para convertirse en el fantasma insoluble de mañana.
VI - Al final de esta larga avenida de la historia que aún está por escribir, América sabe que nuestro mundo, cada vez más pequeño, debe evitar convertirse en una temible comunidad de miedo y odio; debe ser, en cambio, una confederación orgullosa de confianza y respeto mutuos. Tal confederación debe ser de iguales. El más débil debe poder venir a la mesa de conferencias con la misma confianza que nosotros, protegidos como estamos por nuestra fuerza moral, económica y militar. Esta mesa, marcada por muchas frustraciones pasadas, no puede ser abandonada por la agonía cierta del campo de batalla.
El desarme, con honor y confianza mutuos, es imperativo. Juntos debemos aprender cómo componernos con nuestras diferencias, no con nuestros medios, sino con el intelecto y objetivos decentes.
Dado que esta necesidad es tan aguda y evidente, confieso que abandono mis responsabilidades oficiales con cierto sentido de decepción en este ámbito. Como testigo del horror y la tristeza prolongada de la guerra, sabiendo que otra guerra podría destruir totalmente una civilización que ha sido establecida lenta y penosamente durante miles de años, habría querido poder decir esta noche que una paz duradera está a la vista.
Afortunadamente, aún puedo decir que la guerra ha sido evitada. En cuanto a una paz verdadera, parece lograrse un progreso regular hacia este objetivo. Pero queda tanto por hacer. Como ciudadano privado, nunca dejaré de hacer todo lo posible, por mínimo que sea, para ayudar al mundo a avanzar por esta ruta.
VII - Así, en esta última "buenas noches" a ustedes en calidad de Presidente, les agradezco por las numerosas ocasiones que me han dado para el servicio público, tanto en la guerra como en la paz. Espero que hayan encontrado algo digno en este servicio; en cuanto al resto, sé que encontrarán ustedes mismos los medios para mejorar el futuro.
Ustedes y yo, queridos conciudadanos, necesitamos ser fuertes en nuestra fe para que todas las naciones, sometidas a Dios, puedan alcanzar este objetivo de paz y justicia. Que seamos siempre más firmes en la devoción a estos principios, confiados pero humildes con el poder, diligentes en la búsqueda de los grandes objetivos de la nación.
A todos los pueblos del mundo, les doy una vez más la expresión de una América piadosa y de inspiración renovada.
Rezamos para que los pueblos de todas las fe, de todas las razas, que todas las naciones, puedan satisfacer sus grandes necesidades humanas. Para que aquellos que actualmente no tienen esta oportunidad puedan apreciarla algún día plenamente; que todos aquellos que aspiran a la libertad puedan experimentar sus bendiciones espirituales; que aquellos que tienen la libertad comprendan sus pesadas responsabilidades; que todos aquellos que son poco sensibles a las necesidades de los demás aprendan la caridad; que los flagelos de la pobreza, la enfermedad y la ignorancia desaparezcan de la tierra, y que, con el tiempo, todos los pueblos lleguen a vivir juntos en una paz garantizada por la fuerza obligatoria del respeto y el amor mutuos.
Fuente: Documentos públicos de los presidentes, Dwight D. Eisenhower, 1960, p. 1035-1040
Trad.: Michel Gaillard
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La versión en inglés:
Discurso del complejo militar-industrial De Wikisource (Redirigido desde Discurso del complejo militar-industrial) <Author:Dwight D. Eisenhower
Discurso de despedida por radio y televisión al pueblo estadounidense (Discurso del complejo militar-industrial)
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Pronunciado por el Presidente Dwight D. Eisenhower, 17 de enero de 1961, 8:30 p.m., desde la Oficina del Presidente.
Mis conciudadanos estadounidenses:
Dentro de tres días, después de medio siglo al servicio de nuestro país, dejaré las responsabilidades del cargo cuando, en una ceremonia tradicional y solemne, la autoridad de la Presidencia sea investida en mi sucesor.
Esta noche vengo a ustedes con un mensaje de despedida y adiós, y para compartir algunos pensamientos finales con ustedes, mis compatriotas.
Como cualquier otro ciudadano, deseo al nuevo Presidente, y a todos los que trabajarán con él, éxito divino. Rezo para que los años venideros estén bendecidos con paz y prosperidad para todos.
Nuestro pueblo espera que su Presidente y el Congreso encuentren un acuerdo esencial sobre cuestiones de gran momento, cuya sabia resolución dará una mejor forma al futuro de la Nación.
Mis propias relaciones con el Congreso, que comenzaron en una base remota y tenue cuando, hace mucho tiempo, un miembro del Senado me nombró para West Point, han variado desde entonces hasta la intimidad durante la guerra y el período inmediato de posguerra, y, finalmente, hasta la interdependencia mutua durante estos últimos ocho años.
En esta última relación, el Congreso y la Administración han cooperado bien, en la mayoría de las cuestiones vitales, para servir al bien nacional en lugar de al mero partidismo, y así han asegurado que los asuntos de la Nación avancen. Por lo tanto, mi relación oficial con el Congreso termina con un sentimiento, por mi parte, de gratitud por haber podido hacer tanto juntos.
II
Ahora nos encontramos diez años después del punto medio de un siglo que ha presenciado cuatro guerras mayores entre grandes naciones. Tres de estas involucraron a nuestro propio país. A pesar de estos holocaustos, América es hoy la nación más fuerte, más influyente y más productiva del mundo. Orgullosos, comprensiblemente, de esta preeminencia, nos damos cuenta, sin embargo, de que el liderazgo y el prestigio de América no dependen simplemente de nuestro progreso material sin igual, riqueza y fuerza militar, sino de cómo usamos nuestro poder en interés de la paz mundial y el mejoramiento humano.
III
A lo largo de la aventura de América en el gobierno libre, nuestros propósitos básicos han sido mantener la paz; fomentar el progreso en los logros humanos, y aumentar la libertad, la dignidad y la integridad entre las personas y entre las naciones. Aspirar a menos sería indigno de un pueblo libre y religioso. Cualquier fracaso atribuible a la arrogancia, o a nuestra falta de comprensión o disposición para el sacrificio, nos infligiría graves daños tanto en el país como en el extranjero.
El progreso hacia estos nobles objetivos está persistentemente amenazado por el conflicto que ahora envuelve al mundo. Exige toda nuestra atención, absorbe nuestros propios seres. Nos enfrentamos a una ideología hostil: de alcance global, carácter ateo, propósito despiadado y método insidioso. Lamentablemente, el peligro que plantea promete ser de duración indefinida. Para enfrentarlo con éxito, se requiere, no tanto los sacrificios emocionales y transitorios de la crisis, sino aquellos que nos permiten llevar adelante con firmeza, seguridad y sin quejas las cargas de una lucha prolongada y compleja, con la libertad en juego. Solo así permaneceremos, a pesar de toda provocación, en nuestro curso trazado hacia la paz permanente y el mejoramiento humano.
Las crisis continuarán. Al enfrentarlas, ya sean extranjeras o domésticas, grandes o pequeñas, existe la tentación recurrente de sentir que alguna acción espectacular y costosa podría convertirse en la solución milagrosa a todas las dificultades actuales. Un gran aumento en los nuevos elementos de nuestra defensa; el desarrollo de programas poco realistas para curar todos los males de la agricultura; una expansión dramática en la investigación básica y aplicada: estas y muchas otras posibilidades, cada una posiblemente prometedora en sí misma, pueden ser sugeridas como el único camino hacia la ruta que deseamos recorrer.
Pero cada propuesta debe ser sopesada a la luz de una consideración más amplia: la necesidad de mantener el equilibrio en y entre los programas nacionales: equilibrio entre la economía privada y la pública, equilibrio entre el costo y la ventaja esperada, equilibrio entre lo claramente necesario y lo cómodamente deseable; equilibrio entre nuestros requisitos esenciales como nación y los deberes impuestos por la nación al individuo; equilibrio entre la acción del momento y el bienestar nacional del futuro. El buen juicio busca siempre el equilibrio y el progreso; su falta eventualmente encuentra desequilibrio y frustración.
El registro de muchas décadas se mantiene como prueba de que nuestro pueblo y su gobierno han comprendido, en general, estas verdades y han respondido bien a ellas, frente al estrés y la amenaza. Pero las amenazas, nuevas en tipo o grado, surgen constantemente. Solo menciono dos.
IV
Un elemento vital para mantener la paz es nuestro establecimiento militar. Nuestras armas deben ser poderosas, listas para la acción inmediata, de modo que ningún agresor potencial pueda verse tentado a arriesgar su propia destrucción.
Nuestra organización militar de hoy tiene poca relación con la conocida por cualquiera de mis predecesores en tiempos de paz, o de hecho por los combatientes de la Segunda Guerra Mundial o Corea.
Hasta el último de nuestros conflictos mundiales, los Estados Unidos no tenían industria de armamentos. Los fabricantes estadounidenses de arados podían, con tiempo y según fuera necesario, fabricar espadas también. Pero ahora ya no podemos arriesgarnos a la improvisación de emergencia de la defensa nacional; nos hemos visto obligados a crear una industria de armamentos permanente de vastas proporciones. Sumado a esto, tres millones y medio de hombres y mujeres están directamente comprometidos en el establecimiento de defensa. Gastamos anualmente en seguridad militar más que el ingreso neto de todas las corporaciones de los Estados Unidos.
Esta conjunción de un inmenso establecimiento militar y una gran industria de armamentos es nueva en la experiencia estadounidense. La influencia total, económica, política, incluso espiritual, se siente en cada ciudad, cada casa de estado, cada oficina del gobierno federal. Reconocemos la necesidad imperativa de este desarrollo. Sin embargo, no debemos dejar de comprender sus graves implicaciones. Nuestro trabajo, recursos y medios de vida están todos involucrados; también lo es la estructura misma de nuestra sociedad.
En los consejos del gobierno, debemos guardarnos contra la adquisición de influencia injustificada, buscada o no, por parte del complejo militar-industrial. El potencial para el aumento desastroso de un poder mal colocado existe y persistirá.
Nunca debemos dejar que el peso de esta combinación ponga en peligro nuestras libertades o procesos democráticos. No debemos dar nada por sentado; solo una ciudadanía alerta y conocedora puede obligar al correcto engranaje de la enorme maquinaria industrial y militar de defensa con nuestros métodos y objetivos pacíficos, de modo que la seguridad y la libertad puedan prosperar juntas.
Afín a, y en gran parte responsable de los cambios radicales en nuestra postura industrial-militar, ha sido la revolución tecnológica durante las últimas décadas.
En esta revolución, la investigación se ha vuelto central; también se vuelve más formalizada, compleja y costosa. Una parte cada vez mayor se realiza para, por o bajo la dirección del gobierno federal.
Hoy, el inventor solitario, trasteando en su taller, ha sido eclipsado por grupos de científicos en laboratorios y campos de prueba. De la misma manera, la universidad libre, históricamente la fuente de ideas libres y descubrimiento científico, ha experimentado una revolución en la conducción de la investigación. En parte debido a los enormes costos involucrados, un contrato gubernamental se convierte virtualmente en un sustituto de la curiosidad intelectual. Por cada viejo pizarrón hay ahora cientos de nuevas computadoras electrónicas.
La perspectiva de dominación de los eruditos de la nación por el empleo federal, las asignaciones de proyectos y el poder del dinero está siempre presente y debe ser considerada gravemente.
Sin embargo, al tener en alta estima la investigación científica y el descubrimiento, como debemos, también debemos estar alerta ante el peligro igual y opuesto de que la política pública podría convertirse ella misma en cautiva de una élite científico-tecnológica.
Es la tarea del estadista moldear, equilibrar e integrar estas y otras fuerzas, nuevas y antiguas, dentro de los principios de nuestro sistema democrático, apuntando siempre hacia los objetivos supremos de nuestra sociedad libre.
V
Otro factor en el mantenimiento del equilibrio implica el elemento del tiempo. Mientras miramos hacia el futuro de la sociedad, ustedes y yo, y nuestro gobierno, debemos evitar el impulso de vivir solo para hoy, saqueando, para nuestra propia comodidad y conveniencia, los recursos preciosos de mañana. No podemos hipotecar los activos materiales de nuestros nietos sin arriesgar también la pérdida de su herencia política y espiritual. Queremos que la democracia sobreviva para todas las generaciones venideras, no para convertirse en el fantasma insolvente de mañana.
VI
Al final del largo camino de la historia aún por escribir, América sabe que este mundo nuestro, cada vez más pequeño, debe evitar convertirse en una comunidad de miedo y odio temibles, y ser, en cambio, una confederación orgullosa de confianza y respeto mutuos.
Tal confederación debe ser una de iguales. El más débil debe poder venir a la mesa de conferencias con la misma confianza que nosotros, protegidos como estamos por nuestra fuerza moral, económica y militar. Esa mesa, aunque marcada por muchas frustraciones pasadas, no puede ser abandonada por la agonía cierta del campo de batalla.
El desarme, con honor y confianza mutuos, es un imperativo continuo. Juntos debemos aprender cómo componer las diferencias, no con armas, sino con intelecto y propósito decente. Dado que esta necesidad es tan aguda y aparente, confieso que dejo mis responsabilidades oficiales en este campo con un sentido definitivo de decepción. Como alguien que ha presenciado el horror y la tristeza prolongada de la guerra, como alguien que sabe que otra guerra podría destruir por completo esta civilización que ha sido construida tan lenta y dolorosamente durante miles de años, desearía poder decir esta noche que una paz duradera está a la vista.
Afortunadamente, puedo decir que la guerra ha sido evitada. Se ha hecho un progreso constante hacia nuestro objetivo final. Pero, queda tanto por hacer. Como ciudadano privado, nunca dejaré de hacer lo poco que pueda para ayudar al mundo a avanzar por esa ruta.
VII
Así, en esta mi última buenas noches a ustedes como su Presidente, les agradezco por las muchas oportunidades que me han dado para el servicio público en la guerra y la paz. Confío en que en ese servicio encuentren algo digno; en cuanto al resto, sé que encontrarán formas de mejorar el desempeño en el futuro.
Ustedes y yo, mis conciudadanos, necesitamos ser fuertes en nuestra fe de que todas las naciones, bajo Dios, alcanzarán el objetivo de la paz con justicia. Que seamos siempre inquebrantables en la devoción al principio, confiados pero humildes con el poder, diligentes en la búsqueda de los grandes objetivos de la Nación.
A todos los pueblos del mundo, les doy una vez más expresión a la aspiración piadosa y continua de América:
Rezamos para que los pueblos de todas las fe, todas las razas, todas las naciones, puedan tener sus grandes necesidades humanas satisfechas; que aquellos a quienes ahora se les niega la oportunidad lleguen a disfrutarla plenamente; que todos los que anhelan la libertad puedan experimentar sus bendiciones espirituales; que aquellos que tienen la libertad comprendan también sus pesadas responsabilidades; que todos los que son insensibles a las necesidades de los demás aprendan la caridad; que los flagelos de la pobreza, la enfermedad y la ignorancia desaparezcan de la tierra, y que, en la bondad del tiempo, todos los pueblos lleguen a vivir juntos en una paz garantizada por la fuerza vinculante del respeto y el amor mutuos.
Fuente: Public Papers of the Presidents, Dwight D. Eisenhower, 1960, p. 1035-1040