Un satélite ya dejado de responder
Acerca de la destrucción programada de un satélite
17 de febrero de 2008
Los estadounidenses anunciaron que uno de sus satélites de espionaje, el Norad 29651, lanzado el 14 de diciembre de 2006 desde la base de Vandenberg, California, por un cohete Delta 7920, que da la vuelta a la Tierra en una órbita prácticamente circular (354 x 376 de altitud), en 90 minutos, se ha escapado de su control y pierde altitud a razón de un kilómetro por día. Actualmente su órbita se está volviendo cada vez más circular (275 km x 279 km), lo que revela el comportamiento de un objeto ligero que se ha escapado del control. A este ritmo, debería reentrar en la atmósfera a principios de marzo.
Hace unos días, a la sorpresa general, el ejército estadounidense anunció su intención de destruir el satélite con un misil tan pronto como alcanzara los 200 kilómetros de altitud, alegando el peligro representado por la hidrazina (500 kg según algunas fuentes, una tonelada según otras) contenida en sus depósitos y el riesgo de intoxicación para las poblaciones.
Esta explicación parece ser simplemente un pretexto. La presencia de hidrazina es frecuente a bordo de los satélites. Utilizada en presencia de un catalizador (carburos y nitruros de molibdeno y tungsteno), este compuesto de nitrógeno hace funcionar los micropropulsores utilizados para el control de actitud y ajustes de órbita. Varios de estos satélites han caído sin provocar el más mínimo escándalo por parte de las autoridades o del público. Además, si la hidrazina es relativamente tóxica y hasta mortal en grandes dosis, se descompone a unos cientos de grados y se transforma en un gas inofensivo.
También cabe señalar que la hidrazina está contenida bajo alta presión en depósitos de titanio o acero inoxidable cuya delgada pared (de 0,1 a 0,5 mm) no resiste una entrada atmosférica. En cuanto al satélite mismo, su estructura normalmente hecha de materiales compuestos o de aluminio en sandwich se deshace rápidamente y solo algunos elementos metálicos ligeros podrían llegar al suelo.
Por lo tanto, uno puede preguntarse cuál es la verdadera motivación de los estadounidenses, quienes anunciaron, a iniciativa del presidente George W. Bush, que querían utilizar para esta destrucción un sistema de misiles tierra-aire de la marina. Se puede, por supuesto, mencionar una demostración de fuerza, ya que varios buques equipados con el sistema de interceptación Aegis (misiles SM-3) han sido desplegados en otras ocasiones en el lado de Israel, Corea y Japón, entre otros.
Este asunto de la hidrazina no tiene ni un solo segundo de fundamento. Tampoco lo tiene el otro, "de componentes misteriosos que otras potencias desearían poder examinar". Hay otra, tanto más plausible como preocupante.
Un tratado internacional prohíbe colocar armas en órbita, especialmente bombas de fisión o fusión. ¿Se respeta este tratado? Quien podría pronunciarse sobre este punto, especialmente con respecto a una gran potencia capaz de dejar que su territorio sea atravesado por un B-52 cargado con seis misiles de crucero, cada uno de los cuales llevaba una bomba de 100 kilotones (ocho veces Hiroshima). ¿Cuál sería el riesgo asociado a la presencia de tales bombas orbitales?

Si se exceptúa el muy bajo riesgo de activación accidental de tal arma en el espacio, lo cual tendría como efecto crear fuertes perturbaciones radioeléctricas en tierra, incluso quemar todo sistema eléctrico en un área equivalente a la de los Estados Unidos, en caso de fallo de los motores encargados de mantener la altitud, bastaría con activar a distancia la destrucción del satélite. Entonces los materiales fisionables se dispersarían ampliamente en el espacio y caerían al suelo en forma de micro partículas de óxido de plutonio en una amplia superficie. Además, esta caída sería muy lenta. Los vientos altos dispersarían estos escombros en tal extensión que el fenómeno ni siquiera sería detectable.
Sería muy diferente si precisamente el dispositivo de autodestrucción de la bomba se negara a funcionar. Entonces la dispersión de los productos radioactivos sería infinitamente menos importante, limitada a unos pocos cientos de kilómetros cuadrados. En caso de caída sobre un continente, estos escombros podrían contaminar para siempre una vasta zona. Una dosis de un microgramo de plutonio es suficiente para matar a un hombre. Haga el cálculo: la carga de una bomba de plutonio es de 10 kilos, lo cual contiene por sí solo suficiente para matar a diez mil millones de seres humanos.

Supongamos que los estadounidenses hayan colocado en órbita en diciembre de 2006 una bomba destinada, no a atacar a Irán, sino a su propia flota, la que está estacionada en Bahrein, para crear un segundo Pearl Harbour.
Hay otra posibilidad ya que podría tratarse de un satélite de espionaje cuyos paneles solares no se habrían desplegado aparentemente. Que este estuviera equipado con un propulsor MHD que utilizara como fuente primaria de energía la proporcionada por un reactor nuclear, produciendo electricidad mediante simples termopilas. Una vez más, la presencia a bordo de este satélite de un reactor nuclear (cosa común para misiones espaciales de larga duración y a gran distancia, como por ejemplo el famoso Galileo) implicaría el transporte de una gran masa de material fisionable, como por ejemplo cápsulas de plutonio. En estas condiciones, este satélite no necesitaría paneles solares en su paso.
Supongamos que esta máquina infernal se haya vuelto incontrolable al punto de que es imposible mantenerla en órbita e imposible activar su destrucción. Solo queda una solución:
Disparar desde el suelo un misil para destruir este satélite y dispersar su carga mortal en el espacio
¡Qué época maravillosa vivimos, no creen ustedes?
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